Vulnerabilidad y vigilancia digital en tiempos de pandemia

Nuestra esencial vulnerabilidad, tanto física como psicológica, se ha incrementado radical y desigualmente por la pandemia del COVID-19. Esta idea, sencilla de entender y repetir, tiene sin embargo un enorme potencial filosófico, que fácilmente puede pasarse por alto. Si nos permitimos encarar nuestra vulnerabilidad y reconocer cómo ésta se encuentra articulada institucional y tecnológicamente, el universo de preguntas que podemos abrir para nuestra reflexión e investigación es insondable.

Nuestra vulnerabilidad –no mi vulnerabilidad– es el resultado de factores de poder materializados en instituciones, prácticas, leyes y tecnologías. Si bien hay una esencial e insuperable vulnerabilidad existencial, tanto individual como colectiva, ésta se ve incrementada o disminuida según decisiones cuyos efectos nos condicionan por largo tiempo. Así, aquellas sociedades que han optado por consolidar robustos sistemas públicos de salud y reducir la desigualdad social, se encuentran en una situación más favorable ante la pandemia que aquellas marcadas por altos índices de desigualdad y por frágiles sistemas de salud. La disparidad en los sistemas de salud es tan sólo uno de los muchos mecanismos de distribución desigual de la vulnerabilidad, a veces heredados de tiempos coloniales; otros mecanismos son las políticas de bienestar o su ausencia, los sistemas públicos de educación y el acceso o no a información relevante y veraz.

Además de las articulaciones institucionales, es posible preguntarse cómo nuestra vulnerabilidad es distribuida en relación con tecnologías específicas. A la vez que una tecnología abre nuevas posibilidades de experimentación y producción, trae consigo riesgos propios. Así, con la invención y popularización del automóvil se hizo posible cubrir mayores distancias en menor tiempo e incluso se hizo posible la ambulancia, pero también aumentaron la probabilidad y fatalidad de los accidentes de tránsito, las enfermedades respiratorias producto de la inhalación de gases y partículas tóxicas y la emisión de gases de efecto invernadero. Teniendo presente que, como dice Richard Sennett, toda tecnología trae consigo una caja de Pandora propia, podemos preguntarnos, ¿cuáles son las tecnologías que en el contexto de la pandemia del COVID-19 contribuyen más claramente a la rearticulación de nuestra vulnerabilidad y cómo?

Aunque no sea éste el lugar para discutir las posibilidades y riesgos de la migración forzada de la educación presencial a la virtual tanto en colegios como en universidades, vale la pena aquí destacar que las medidas de aislamiento obligatorio y de teletrabajo nos han empujado a una casi omnipresencia del Internet en nuestras actividades diarias. La pandemia ha multiplicado el volumen de datos que empresas y Estados pueden recolectar, guardar, analizar y activamente usar; este drástico incremento trae consigo una redistribución de nuestra vulnerabilidad digital. Tal vulnerabilidad no es nueva; piénsese por ejemplo en el monitoreo de los datos de opositores a gobiernos autoritarios que ha sido usado para su identificación y seguimiento o en la vulnerabilidad de todos aquellos usuarios de redes sociales que han sido manipulados a través de la psicometría por parte de partidos políticos y empresas privadas, tales como Cambridge Analytica. La actual gestión de la crisis del COVID-19, basada principalmente en el distanciamiento social, ha implicado una producción desbordada de huellas digitales de nuestras rutinas diarias, de dónde, cuándo y cómo trabajamos, consumimos, nos comunicamos, nos entretenemos, nos enfermamos y descansamos. Todo aquello que se mantenía al margen de la creciente digitalización ha sido intempestivamente incluido en ésta. Sin embargo, hay quienes piensan que puede ser precisamente la totalización de la digitalización la clave para enfrentar la actual crisis.

Según el filósofo surcoreano Byung-Chul Han en “La emergencia viral y el mundo de mañana”, las estrategias de contención de los países de la Unión Europea los están llevando a una desesperada afirmación de la soberanía nacional y, lo que es peor, están fallando en prevenir el contagio. Según Han, “los países asiáticos están gestionando mejor esta crisis que Occidente” gracias al uso de grandes datos para el monitoreo de los movimientos y contactos de los infectados y al uso extendido del tapabocas. De acuerdo con Han, las ventajas “del sistema de Asia” para combatir la pandemia están ancladas en una mentalidad compartida: “Estados asiáticos como Japón, Corea, China, Hong Kong, Taiwán o Singapur tienen una mentalidad autoritaria, que les viene de su tradición cultural (confucianismo)” (Han, 2020). La mentalidad asiática, cuestionablemente homogeneizada por Han, se caracterizaría también por la ausencia de la idea de “esfera privada”, por un imperante colectivismo, opuesto al individualismo acentuado de Occidente, y por una fuerte apuesta por la vigilancia digital. 

El argumento de Han sugiere que la falta de capacidad de Europa para contener la pandemia se vincula precisamente con el individualismo occidental que lleva a los ciudadanos a no cumplir estrictamente con las medidas de aislamiento, a no usar mascarillas protectoras de un modo tan extendido como en Asia, y sobre todo, a proteger su privacidad digital. 

Han sostiene que, “Al parecer el big data resulta más eficaz para combatir el virus que los absurdos cierres de fronteras que en estos momentos se están efectuando en Europa. Sin embargo, a causa de la protección de datos no es posible en Europa un combate digital del virus comparable al asiático”. Más adelante, agrega: “En Wuhan se han formado miles de equipos de investigación digitales que buscan posibles infectados basándose solo en datos técnicos. Basándose únicamente en análisis de macrodatos averiguan quiénes son potenciales infectados, quiénes tienen que seguir siendo observados y eventualmente ser aislados en cuarentena. También por cuanto respecta a la pandemia el futuro está en la digitalización” (Han, 2020).

Para justificar su punto, el filósofo surcoreano evita examinar datos relevantes a la hora de comparar las medidas de contención del contagio, tales como el número de pruebas hechas en cada país y a qué porcentaje de la población corresponde. Esto le permite a Han hacer un argumento sencillo sobre la eficacia de la vigilancia digital en la lucha por contener la pandemia o, como él lo denomina, “el combate digital del virus”. Podemos preguntarnos: ¿Es suficiente el argumento de la utilidad o eficacia de la vigilancia digital para que en “occidente” se sacrifique el derecho a la privacidad?, ¿no tiene este argumento, como las tecnologías mismas a las que hace referencia, riesgos aún no suficientemente señalados y discutidos? De aceptarse una relativa suspensión de las medidas de protección de datos en Europa y las Américas con vistas a la contención de la pandemia, ¿qué precio pagaríamos en libertades civiles y por cuánto tiempo?, ¿quiénes serían más vulnerables a los potenciales riesgos? En otras palabras, ¿cómo se redistribuiría nuestra vulnerabilidad en tal escenario?

Ante la aparente falta de consideración de éstas y otras posibles dificultades, los argumentos de Han deben ser examinados en mayor detalle. Por ahora baste un llamado a la cautela pues detrás de una supuesta descripción de la situación en dos continentes, Han podría estar difundiendo un imprudente solucionismo tecnológico, con notas autoritarias, por el cual nuestra vulnerabilidad podría aumentar o redistribuirse de un modo aún más desigual. Como lectores, no debemos olvidar que también los argumentos pueden ser vistos como tecnologías y como cajas de Pandora.

Bernardo Caycedo C.

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